LA SEÑORA BOUZINE (inclinando la cabeza).—¡Ya me lo habían indicado...!

TERPSY.—Yo les facilito el traje y el peplo: son cuarenta luises.

LEA (irónica).—¡Habría que ser verdugo de su cuerpo para privarse de ello...!

TERPSY (muy amable).—Pero si su señor cuerpo no quiere nada de esto, no hay por qué disgustar a los demás... ¡Yo no corro detrás de las lecciones...!

LA SEÑORA BOUZINE (alargándole discretamente un sobre).—¡Dispense a mi hija...! ¡Es un poco burlona...! Ahí van los dos primeros meses.

TERPSY (arrojando el sobre al fondo de un cajón).—¡Gracias...! (Firma un recibo en pergamino, que parece un diploma.) Voy a exponerle mi sistema a grandes rasgos. ¡Aquí tenemos, por ejemplo, a su hija, que es bastante linda...! Sin embargo, se sostiene mal, es de aspecto vulgar y se mueve con dificultad. ¡No tiene un solo ademán que sea gracioso...!

LEA (sonriente).—¡Encantador...! ¡Siga usted echándome flores, mientras las haya en su jardín...!

TERPSY.—Yo, hija mía, le digo a usted la verdad... Usted no sabe sentarse ni levantarse; usted no sabe acostarse... ¡Usted no sabe andar...! ¡Usted no sabe inclinarse...! Procure usted designar un objeto; este jarrón... Y diga: «¡He aquí un jarrón...!»

LEA (obedeciendo).—¡He aquí un jarrón... que no me gusta...!

TERPSY.—¿Lo está usted viendo...? ¡Es lo que yo decía...! ¡Hace usted un ademán torpe, un ademán vulgar...! Parece que está usted disparando una pistola con su índice... ¡Eso carece de gracia...!