LEA.—¡Yo me sirvo de mi índice como puedo...!
TERPSY.—¡Qué error...! ¡Es una cosa muy villana enseñar un dedo...! ¡Míreme...! ¡Yo contemplo el jarrón...! Luego curvo mi brazo, como para la ofrenda de mi deseo, y tiendo mis manos como si fueran una flor... (Actitud.)
LA SEÑORA BOUZINE (entusiasmada).—¡Bravo...!
LEA (vejada).—¡Evidentemente, es bonito...! Pero ¡si hay que ir de ofrenda siempre que se quiera un vaso...!
TERPSY (severa).—¡Es necesario...! ¡Atienda...! ¡Apuesto a que usted no sabe coger un paraguas caído...! (Toma el paraguas de la señora Bouzine y lo tira al suelo.) ¡Hala...! (Deteniendo a la señora Bouzine, que va a agacharse.) ¡Deje usted a su hija...! ¡Haga usted el favor de cogerlo, señorita Lea...!
LEA (doblándose en dos y cogiendo el paraguas).—¡No es nada difícil...!
TERPSY (indignada).—¡Quieta...! ¡Suéltelo usted, desventurada...! Y míreme; me acerco; voy, no «sobre» el objeto, sino «al lado» del objeto; doblo la rodilla derecha y pliego la izquierda; inclino mi cuerpo a la derecha y, con brazo alado, cojo el objeto como la lanza de un héroe difunto...
LA SEÑORA BOUZINE (en el colmo de la dicha).—¡Ah, qué hermoso...! ¡Bravo, señora Terpsy...! ¡Bravo...! (A su hija.) ¿Te acordarás...? (Lea hace una mueca.)
TERPSY.—Se enfada usted conmigo, señorita... Sin embargo, usted adquirirá poco a poco la costumbre de poner cierta armonía en sus menores ademanes... ¡Bajará usted del coche como una princesa baja de una carroza...! ¡Comerá usted tan noblemente, que su yantar no será la satisfacción, sino la idealización de una necesidad...! ¡Hasta sus más bajas funciones se revestirán de belleza...!
LEA (interesada).—¿Tiene usted también una actitud para esto...?