TERPSY.—¡Para todo, señorita...! Mi enseñanza no hace mas que expresar con ademanes los sentimientos sugeridos por la música: de esta suerte, yo la acostumbro a usted a guardar en el oído ciertas frases líricas; éstas acompañarán su vida en lo sucesivo. Principio por los sentimientos sencillos: la alegría (danza báquica), la tristeza (el treno), el ensueño (Beethoven), la voluptuosidad (erótica), la cólera (pírrica), etcétera. Una orquesta, oculta detrás de un biombo, toca los trozos de los mejores maestros, mientras que usted realiza cortejos tomados de jarrones etruscos, de bajorrelieves, de medallones y de reconstituciones cuidadosamente clasificadas. Así preparamos una juventud digna de este país...
LEA.—¿Una juventud...? ¿Con la señora Gimblon, que tiene ya la cuarentena...? ¡Hasta le llaman «la Fiebre amarilla»...!
TERPSY (digna).—¡La señora Gimblon torna a sus treinta años, demasiado mal cuidados...! ¡Es ya «canéfora», que quiere decir portadora de canastillo...! Dentro de poco será promovida a «hierofante»... Vamos a pasar a la sala de los oficios; antes ¿quiere usted decirme el nombre del doctor amigo de la familia que debe venir a buscarlas...?
LA SEÑORA BOUZINE.—Es mi hermano, el profesor Tassouin.
TERPSY (sobrecogida).—¿Gilberto Tassouin...?
LA SEÑORA BOUZINE.—¡El mismo! ¿Le conoce usted...?
TERPSY.—¡De nombre...! Por aquí, señoras...
Dice algunas palabras en voz baja a la criada; luego entran en el estudio: las damas, en peplo y traje de mallas, toman el te con unas amigas más vestidas. A la entrada de Terpsy se levantan.
TERPSY.—¡Señoras...! ¡Al altar...!
Todas suben a un pequeño tablado.