LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué te parece, Gilberto...?
LEA.—¿Verdad, tío, que no se trata de una cosa ordinaria...?
GILBERTO (grave).—¡Tú no comprendes nada de esto, hija mía...! ¡Es muy notable...!
LEA (asombrada).—¿Qué dices...? ¿Tú también, maestro, te prendas de esto...?
GILBERTO.—Hay en ello una revelación: la Kineterapia aplicada a la Estética. Nunca podría aconsejarte bastante cuán necesario es para ti que sigas este curso... Por otra parte, voy a quedarme un instante con la señora Terpsy; deseo interrogarla acerca de los resultados obtenidos. (A la señora Bouzine.) Iré a buscaros esta noche.
Las dos mujeres se marchan. El profesor entra en el saloncito, donde Terpsy se le une, apenas ida su última discípula.
GILBERTO (ceremonioso).—Señora: ¡dispense usted mi curiosidad...!
TERPSY (saltándole al cuello).—¡Quita de ahí...! ¿A qué viene eso de señora...? ¿No me besas ya, Gilberto mío...?
GILBERTO (turbado por este beso).—Ignoraba si debía...
TERPSY.—¡Es cierto...! ¡Me abandonaste cochinamente hace veinte años...! ¡Pero tuve tiempo de perdonarte...! ¡Te di los mejores años de mi juventud, bandido...! ¡Y no lo siento...! ¡Quia...! ¡Cuánto me alegra que hayas venido...!