GILBERTO.—¡Oh! ¡Me sentía atraído por la curiosidad! ¡Que me lleve el diantre si sospechaba que la célebre Terpsy era Melania Boujotte, a la que yo había dejado de modista en Montmartre...!
TERPSY.—Pues, querido mío, algo de culpa tienes tú de que yo me haya convertido en Terpsy... Es una cosa que te debo, además de la pérdida de mis ilusiones.
GILBERTO.—¡Imposible...!
TERPSY.—Vas a ver cómo se encadena todo. Cuando me dejaste plantada con el pretexto de que te impedía estudiar, estuve a punto de matarme... ¡Sí, alma mía...! Yo, tu «alegría de vivir», como tú me llamabas, quise envenenarme; claro está que no pude hacerlo. No tenía ganas de trabajar, y entonces me lancé a la vida alegre... Todas las noches iba al baile Vestris y allí danzaba para aturdirme... ¡Y nunca regresaba sola...!
GILBERTO (disgustado).—¿Siempre con el fin de aturdirte...?
TERPSY.—¡Ahí tiene usted a los hombres...! Se preocupan de nuestra fidelidad aun después que ellos fueron los causantes de nuestra caída... Un día, o, mejor dicho, una mañana, había venido conmigo un viejo cómico, que tuvo antaño talento, un tal La Tharillière...
GILBERTO.—¡Sí...! ¡Lo recuerdo...!
TERPSY.—Como no tenía ganas de... reír, nos pusimos a charlar. Escuchóme bonitamente y luego me dijo: «Tú, hija mía, no serás nunca mas que una pobrecilla fracasada, una triste horizontal. De esta manera no lograrás atrapar jamás al multimillonario. Sin embargo, hace poco te veía bailar: tienes en las piernas una cosa que no es vulgar; estás muy bien formada. ¡Y con esto ya se puede hacer algo...!» Me explicó su plan: fundar un curso de danza para snobs. «¡Oh...! ¡Nada de fox-trot ni de matchichas argentinas...! ¡Esto está gastado y archiconcluído! ¡No! ¡Ha de ser algo medicinal y neosimbolista a la vez...!» ¡Entonces fundamos el curso de Belleza aplicada...! ¡La Tharillière subvino a los primeros gastos, y hasta se casó conmigo... ¡Sí; yo soy la señora La Tharillière...! ¡Ah...! ¡Cómo recuerdo aquellos principios en un cuartito pequeñín de Clignancourt! ¡Teníamos tres discípulos y un ciego que tocaba el piano...! Poco a poco fué aumentando la clientela: cubanas, chilenas y norteamericanas, que acudían por casualidad y por... algo más... ¡No frunzas el ceño...! ¡Es necesario comer...! ¡Ya estábamos lanzados...! Nos habíamos mudado aquí, contratado una orquesta y hecho repartir prospectos... ¡En esto se le ocurre a mi marido dejarme viuda...!
GILBERTO (interesado).—¡Ah...! ¿Eres viuda...?
TERPSY.—¡Desde hace cinco años...! ¡Apechugué yo sola con el negocio...! Y te aseguro que, si tengo buenas piernas, tampoco tengo mala cabeza... ¿Sabes cuánto gano ahora por año...? ¡Doscientos mil francos...!