LA SEÑORA CELAMINA.—¡Hola, Simona...! ¡Ven aquí...!
LA SEÑORA GRELOU.—¡Dentro de un ratito, querida mía...! ¡Aun no he tomado mi baño...!
LA SEÑORA GENTISEL.—¡Tiene usted tiempo...! ¡Una taza de te no la hará daño...!
LA SEÑORA LABONNETTE.—¿Quiere usted un sorbito de oporto...?
EL VIZCONDE GEDEÓN (levantándose).—¡Siéntese usted aquí, señora...!
LA SEÑORA GRELOU (pasando entre ellos).—¡No...! ¡Resueltamente, no...! ¡Tengo que mojarme un poco...! (Se aleja.)
EL VIZCONDE GEDEÓN (tornando a sentarse).—¡No cabe duda...! ¡Esta mujer está todavía bastante buena...!
LA SEÑORA GENTISEL.—¡Cierto...! ¡Nadie diría que tiene cuarenta y ocho años...!
LA SEÑORA LABONNETTE.—¡No hay que ser mala lengua...! ¡No pasa de los cuarenta...!
LA SEÑORA GENTISEL.—¿Lo dice usted de veras...? ¡Pero si tiene una hija de veinticinco años...!