EL VIZCONDE.—Y un hijo, que está en el asilo de Ancianos del Vesinet. Es el más pequeño.

LA SEÑORA CELAMINA.—¡Es usted absurdo, Gedeón...! ¡Para usted son viejas todas las mujeres que no se le rindieron...!

EL VIZCONDE.—¡Evidente! Tengo veinticinco años. Me quedan, pues, todavía diez años para no pasar de esa edad. Y me aprovecho de ello para vengarme de las damas que no me quisieron...

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Y Simona no le quiso...!

EL VIZCONDE.—Lo confieso. Me gustaba mucho y se lo insinué. Adoro a las mujeres de esta edad, a las mujeres de las que se dice que «se defienden»; pero a las que nadie ataca ya. Ella me contestó que era honrada.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Lo era para usted...!

EL VIZCONDE.—Eso pensé yo. Y no tardé en descubrir que era honrada para todo el mundo menos para Raúl de Saint-Crazy.

LA SEÑORA CELAMINA (interesada).—¡Caramba...! ¿Está usted seguro...?

EL VIZCONDE.—Voy a revelarle a usted un secreto, mi querida señora: «¡Ha muerto Napoleón...!»

LA SEÑORA CELAMINA (disgustada).—¡Es un rumor que se hace correr por ahí...!