EL VIZCONDE.—¿Que ha muerto Napoleón...?

LA SEÑORA CELAMINA.—¡No! Que la señora Grelou y el pequeño Crazy...

LA SEÑORA LABONNETTE.—¡Ah! Permítame usted que proteste... No se habla de otra cosa desde hace mucho tiempo... Esta buena Simona no viene aquí mas que para vigilar al hermoso Raúl.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡El hermoso Raúl no se priva de nada...! Ayer me lo encontré en el auto de la señorita Fraicherose, la bailarina. ¡Iba en él como en su casa...!

LA SEÑORA CELAMINA.—¿De qué vive el pobre Raúl?

EL VIZCONDE.—No se sabe... Vive. ¡Ya es bastante para los tiempos que corremos...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—Su padre se arruinó por las mujeres.

EL VIZCONDE.—Y el hijo sigue aumentando las trampas del padre.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Usted, Gedeón, es peor que la peste...! Contamina todas las reputaciones...

EL VIZCONDE.—¡No me defiendo...! ¡Me molesta el tal Raúl...! Parece una de esas muñecas de escaparate que se visten de oficial para Año Nuevo. Es dulce, insolente, feroz y, además, delicioso. Ha poseído a todas las mujeres que yo deseaba.