LA SEÑORA LABONNETTE.—¿El qué...? ¿A la señorita Fraicherose también...?
EL VIZCONDE.—¡A la señorita Fraicherose también...! Después de todo, la señorita Fraicherose tampoco está ya en la flor de su juventud.
LA SEÑORA CELAMINA (riendo).—¡Claro...! ¡Se resistió a usted...!
EL VIZCONDE.—¡Desde luego...! Por eso la envejezco... ¡Además... es una cualquier cosa! Vive a costa del hermoso Raúl y, de propina, le hace pasar por un chulo indecente... ¡Es delicioso...!
LA SEÑORA GENTISEL.—¿Está aquí esa Fraicherose...?
EL VIZCONDE.—Sí. Al otro lado del abrevadero... Es aquella muchacha alta, delgada y morena que acaba de salir del agua. ¡Porque ella se baña...! Puede resistir la prueba del agua, que fortalece sus carnes, en vez de poner de manifiesto, como en algunas, las injurias del tiempo.
LA SEÑORA GENTISEL (furiosa).—¡Yo también me baño...!
EL VIZCONDE.—¡Por Dios, señora...! ¡Yo no me refería a usted...! Sin embargo, consiento en perder todos mis derechos a la corona de Portugal si la señora Grelou desciende a la piscina... ¡Mírela...! Se detiene junto a las mesas... Poco a poco se llega hasta Raúl, que charla con la señorita Fraicherose y le paga el te... ¡Porque Raúl paga...! ¡Usted es testigo de que paga...!
En efecto; el señor de Saint-Crazy recibe a la señorita Fraicherose a su salida de la piscina. Le ha alargado el peinador recio para que se enjugue y la ha secado tiernamente. Luego le ha puesto el peinador de gala, y los dos se han ido a tomar el te debajo de la columnata.
RAÚL (muy conmovido).—¡Querida mía...! ¡Hermosa mía...! ¡Al fin te tengo un instante...!