FRAICHEROSE.—Soy sincera, chico; al pan, pan, y al vino, vino. Yo no siento una pasión loca por ti; pero tampoco me desagradas. Sin embargo, no quiero que me tengas por muy tuya... Me habías prometido la sortija que vimos el otro día en la calle de la Paz... ¿Te acuerdas...?
RAÚL (inquieto).—¿Cuál...? ¡Hemos visto tantas sortijas en la calle de la Paz...!
FRAICHEROSE (insistiendo).—¡Ya lo creo...! Fué el día en que nos amamos tanto, a primera hora de la tarde... Hacía mucho calor... Hasta recalcaste esta frase: «¿Cómo podría yo saber por qué has suspirado, querida mía...?»
RAÚL (riendo).—¡Acaso me referiría a nuestro futuro hijo...!
FRAICHEROSE.—¡Picaronazo...! ¡Cómo cambias de conversación...! Esto no es obstáculo para que yo te recuerde que una hora después, en la calle de la Paz, delante de la tienda de Saste, el joyero, te señalé una sortija, diciéndote: «¡Si quieres saber por qué suspiraba, regálamela...!»
RAÚL (sobresaltado).—¡Atiza...! ¡Diez mil francos...!
FRAICHEROSE (tranquila).—¡Caramba! ¡Cómo recobras la memoria...!
RAÚL (descorazonado).—¡Es que... Rosette... es que no tengo los diez mil francos...!
FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Si te paras en detalles, no acabaremos nunca...! Si tú no me das el brillante esta noche, otro me lo dará mañana. Seguiremos siendo buenos amigos, y nada más. Y dejarás de ser el amado de mi corazón.
RAÚL (en el colmo de la desesperación).—¡Quinientos luises...! ¿Dónde encontraré yo una cantidad semejante...?