FRAICHEROSE (digna).—¡Déjalo...! ¡Te lo ruego...! ¡Me horrorizan las cuestiones de dinero en el amor...! ¡Yo también tengo mi dignidad...! Te espero hasta las ocho y luego saldré...
RAÚL.—¿Adonde irás...?
FRAICHEROSE.—A ver al Nuncio de Su Santidad, que me ha dado una cita para confesarme. Después de esto, amor mío, me volveré a vestir y regresaré a casa. Aviso a los aficionados.
Se levanta y se marcha con la altivez de una reina.
RAÚL (solo).—¡Qué estúpido...! ¡Y decir que estoy chiflado por esta potranca...!
Se levanta y va hacia su cabina rumiando los más amargos pensamientos. Tropieza con la señora Grelou, que lo detiene. Está muy conmovida. El dolor la ha envejecido diez años.
LA SEÑORA GRELOU (avanza con el semblante risueño; pero su voz está velada por los sollozos).—¡Hola, señor de Saint-Crazy...! ¡Qué sorpresa...!
RAÚL (aburrido).—¡Encantado de haberla encontrado, señora...!
LA SEÑORA GRELOU.—Salgo del baño. ¿Quiere usted ayudarme a reaccionar...?
RAÚL.—¡Con mucho gusto...!