RAÚL.—Tuve disgustos... disgustos de importancia.

LA SEÑORA GRELOU.—¿Y... qué disgustos...?

RAÚL.—¡Bah! No te interesa... ¡Disgustos de familia...!

LA SEÑORA GRELOU.—¿Tu hermano...?

RAÚL.—Sí. Mi hermano, que ha jugado y que ha contraído una deuda de veinte mil francos. Necesito encontrarlos antes de esta noche o, de lo contrario, está perdido.

LA SEÑORA GRELOU (sorprendida).—¡Dios mío...!

RAÚL (mintiendo con aplomo).—Ahora figúrate cómo habré removido el cielo y la tierra desde ayer; logré reunir diez mil francos... ¡Es todo lo que pude hacer...!

LA SEÑORA GRELOU (con reproche).—¿Y no te acordaste de mí...?

RAÚL (altivo).—¡Me estás ofendiendo, Simona...!

LA SEÑORA GRELOU (ardiente).—¡Amor mío...! ¡Ya sabes de sobra que, si fuera preciso, robaría para evitarte un disgusto...! ¿Amas a tu hermano...? ¿Deseas salvarlo...?