RAÚL (avergonzado).—¡Sí!
LA SEÑORA GRELOU.—¡Pues bien! ¡Tendrás tus diez mil francos...! ¡No te preocupes...! ¡Los tendrás mañana por la mañana...!
RAÚL.—¡Es que los necesitaba... antes de esta noche...!
LA SEÑORA GRELOU.—Desde el momento en que respondes por tu hermano, esperarán... ¡Los tendrás mañana sin falta...!
RAÚL (digno).—Te los devolveré en cuanto mi hermano haya cobrado sus rentas.
LA SEÑORA GRELOU (dichosa).—¡Bueno...! Oye... Vamos a vestirnos... Saldrás antes que yo, y yo iré a buscarte a nuestra casa... a nuestro nidito...
RAÚL.—¡Vida mía...! Siento a la vez vergüenza y...
LA SEÑORA GRELOU.—¡Alivia...! ¡No perdamos el tiempo...!
Ella corre hacia su cabina, en tanto que Raúl piensa que va a empeñar su amor en el Monte de Piedad.
Pasadas dos horas, mientras Raúl, algo sofocado, corre a casa de la señorita Fraicherose para anunciarle que tendrá la sortija al día siguiente por la mañana, debido sólo a que «las joyerías estaban cerradas», la señora Grelou regresa a su domicilio. Esta dama encuéntrase alegre y satisfecha: primeramente, porque ha gozado de dos horas de pasión, las más hermosas de su vida; Raúl ha estado a la altura de las circunstancias. Además, piensa que ha salvado al hermano de su amante, el cual, por otra parte—¿es necesario decirlo?—no tiene hermano alguno.