La señora Grelou va corriendo en busca de su marido, que lee El Tiempo en el salón. El esposo—un hombrecillo insignificante—levántase en cuanto la ve.
EL SEÑOR GRELOU.—¡Mujercita mía...! ¡Tú...! ¡Gracias a Dios...!
LA SEÑORA GRELOU (cándida).—¿Me he retrasado...?
EL SEÑOR GRELOU.—Acaban de dar las ocho y media. No puedes imaginarte lo que sufro cuando vuelves después de las ocho. ¡Se me ocurren unas ideas...!
LA SEÑORA GRELOU (digna).—¿Irías a sentir celos...?
EL SEÑOR GRELOU.—¡De ninguna manera...! Pero sufro, ¿sabes...? ¡Y es atroz...!
LA SEÑORA GRELOU (sincera).—¡Todo el mundo sufre...!
EL SEÑOR GRELOU.—¿Tienes algún disgusto...?
LA SEÑORA GRELOU.—Sí... No quería confesártelo: tengo que pagar una cuenta de doce mil francos...
EL SEÑOR GRELOU (aterrorizado).—¡Caramba...!