LA SEÑORA GRELOU (vivamente).—Sin embargo, por ahora tendré bastante con diez mil francos...
EL SEÑOR GRELOU.—No te preocupes, encanto mío. Te los llevaré esta noche a tu alcoba... ¿Vamos a comer...?
LA SEÑORA GRELOU.—¡Sí...! ¡Siento un hambre...! ¡Figúrate...! ¡He ido a tomar un baño a la piscina Sinclar...! ¡El agua estaba deliciosa...!
El resto de la charla se pierde en el comedor.
V
CURSO DE IDIOMAS
El señor César Juque es un joven agradable, de veintidós años, muy rubio para su edad; está vestido con una chaqueta de antes de la guerra; él ha crecido desde hace cinco años, mientras que la chaqueta se encogía. Adivínase lo que significa esto. El señor César Juque tiene unos ojos de un azul agrisado; su semblante acicalado y velloso tranquiliza a las familias. El señor César Juque, pequeñito y un tanto afeminado, no es demasiado ridículo; un joven cándido no se presta jamás a la risa. El señor César Juque va a casa de la señorita Givendolen Lorys, llamada Chadd no se sabe por qué. Esta persona ocupa un hotel muy pequeño, junto a las fortificaciones: una caricatura de casa de tres pisos; diríase que es un telescopio amueblado por Martine; una vivienda paradójica. César, que lleva una cartera de ministro, como si fuera un pedicuro, llama a la puerta de esta casa. Una criada gruesa, con aspecto de madre, o, si a ustedes les parece mejor, una madre con aspecto de criada gruesa, sale a abrir.