LA MADRE-CRIADA (insolente).—Si viene usted a pedir limosna, puede volverse. La señora socorre solamente a las Hermanitas... (Pretende cerrar la puerta.)
CÉSAR (sonriendo).—¡No soy un pobre...! Soy el profesor enviado por la Casa Marvitz.
LA MADRE-CRIADA (recelosa).—¿De veras...? ¿No dice usted esto para penetrar en la casa y sablear a la señora?
CÉSAR.—Aquí está la carta del Instituto Marvitz, que me acredita cerca de la señora Lorys. (Le entrega un sobre.)
LA MADRE-CRIADA (leyendo la carta).—¡Atiza...! ¡Chadd desea tomar lecciones de inglés...! Pero ¿quiere usted decirme si esto es tener sentido común...? ¡No me indicó nada...!
CÉSAR (un poco seco).—Hizo mal. Pero tengo los minutos contados. Si la señora Lorys no recibe, me vuelvo. Las lecciones se pagan por adelantado.
LA MADRE-CRIADA (repentinamente fina).—¡Entre, señor profesor, entre...! (Se deshace en cumplidos.) Siéntese en este cofre de madera. ¡Voy corriendo a avisar a mi hija...!
Desaparece. César se encuentra en una antesala, muy alta de techo, muy estrecha y amueblada con el mencionado cofre de madera y con una percha. En el fondo se abre una escalera monumental; en esta mansión inverosímil, las habitaciones son minúsculas, pero la escalera es inmensa; capricho del arquitecto. Al cabo de un minuto, una voz grita: «¡Señor profesor...! ¿Quiere usted subir hasta el estudio...? Son tres pisos.» César sube los tres pisos, a razón de treinta escalones cada uno. Ya en lo alto, es recibido por una mujercita con kimono morado y sembrado de grandes ibis; es la señorita Chadd, que, según se dice, danza en los music-halls, pero que principalmente desempeña otras profesiones menos confesables; pertenece a la «gente alegre» y se gana la vida desayunando, comiendo y bailando el tango en diversos establecimientos de la capital. Figura también en los fumaderos de opio, aunque no haya absorbido nunca una bocanada de este brebaje. Es fea; tiene la boca demasiado grande, la nariz bastante puntiaguda y los ojos grises y muy pequeños; pero no parece tonta, y su carilla viciosa de pilluela, muy avispada, promete mucho. Para los hombres, prometer vale más que cumplir lo prometido.
CHADD (introduciendo al visitante en un estudio tan pequeño que no podría pintar en él más que miniaturas).—¡Entre usted en la sala de estudio, señor profesor...!
CÉSAR (al ver una mesita).—Aquí está lo que necesitamos. (Se sienta.)