CHADD (mirándole con estupefacción).—¿De veras...? ¿Es usted profesor de idiomas...?

CÉSAR (molesto).—¡Sí, señora...! ¿No le inspiro confianza...?

CHADD (riendo).—¡Ni pizca...! ¡Es usted un chiquillo...! Tiene usted veinte años, ¿verdad...?

CÉSAR.—¡Cumpliré veintidós cuando maduren los albaricoques! Hablo cinco idiomas: el inglés, el ruso, el español, el italiano y hasta el francés.

CHADD (compadecida).—¡Pobrecito...! ¿Y no se cansó aprendiendo todo eso...? ¡Usted ganaría una fortuna como portero de hotel...!

CÉSAR (cortés).—¡Desde luego...! Pero prefiero ser profesor; me pagan menos, pero me consideran más. ¡Aunque su señora criada me haya tomado por un sablista...!

CHADD.—¡A mamá le pasa siempre lo mismo...! ¡Quiero que le presente sus excusas...! ¡Voy a llamarla...!

CÉSAR (vivamente).—Es inútil. Tengo alguna prisa. La lección que le he de dar será de una hora. ¿Conoce usted el método Marvitz?

CHADD.—¡No! ¡Yo quiero aprender inglés y nada más...!

CÉSAR.—Pues bien; el método consiste en hablar inmediatamente la lengua. A partir de este instante, no le hablaré ya mas que en inglés, indicándole los objetos. Usted repetirá las palabras a medida que yo las vaya diciendo.