CHADD.—Tiene usted razón. Es delgada... bastante delgada... ¡Y, además, es muy exigente...! ¡Ya lo demostró con bastantes hombres...! Y, al tratarse de un jovencito como usted, en seguida iba usted a enfurruñarse...!

CÉSAR.—¿No tiene usted otra cosa...?

Un largo silencio; Chadd mira a César y éste mira a Chadd con aire de ruego admirativo. Chadd baja los ojos, suspira y luego se decide.

CHADD (tierna).—¡Sí! ¡Qué tonta soy...! ¡Aquí estoy yo...!

César se precipita sobre Chadd y le da una lección que la Casa Marvitz no había previsto. Pasada una hora, Chadd despierta:

—Oye, amor mío... ¡Para la próxima lección vendrás más tempranito!

Por la noche, en el Colbert's Bar, el joven barón Latripe charla con su parásito Gemblin, saboreando un cock-tail rosa.

LATRIPE.—Sí, amigo mío. He conquistado a la pequeña Chadd, y de balde.

GEMBLIN.—¡Tú bromeas...!

LATRIPE.—Se trata de un truco digno de mí... Me encontré a un bohemio al que había conocido en el barrio Latino, un tipo asombroso y sabihondo, que se había visto reducido a contratarse en la Casa Marvitz para vivir. Me refirió que iba a dar lecciones de inglés a la pequeña Chadd. Yo le solté doscientos francos por ocupar su puesto... Representé mi papel a la perfección... ¡Y Chadd se dejó coger en la trampa...! ¡Qué hora pasé, amigo mío...! Ella no la tuvo igual para nadie. ¡Y pensar que yo le había hecho ofrecer, por mediación de la tía Cognal, cincuenta luises...! ¡Y que Chadd los había rechazado...! Ahora me falta todavía dar a Chadd, ¡tan tierna y tan enamorada!, diez y nueve lecciones.