GEMBLIN.—Supongo que las aprovecharás todas...
LATRIPE.—¡Jamás...! No volverá a verme. He avisado a César. ¡Figúrate cómo lo van a recibir...! ¡Ya ves! Se trata de un individuo que no sale de la cervecería, calvo prematuro y bastante puerco... ¡Imagínate la escena...!
GEMBLIN (soñador).—¡Sí...! Sin embargo, para ser chic, deberías continuar desempeñando tu oficio...
LATRIPE.—Diez y nueve lecciones como la de hace poco...! ¡Quia! ¡No, amigo mío...! ¡Me dejaría allí los huesos...! ¡No volveré a las andadas...! Compréndeme: he logrado de esta criatura lo que jamás concedió a nadie. La he poseído por sorpresa. ¡Conformes! Si yo insistiera, no tendría delicadeza. Además, Chadd comprendería quizá mi treta, y esto lo echaría todo a perder.
Pasemos a otro orden de ejercicios...
VI
CURSO DE «BRIDGE»
El señor Ernesto Lucien sale de su alcoba y entra en su despacho. Como vive de una renta vitalicia de cincuenta mil francos, legados por un padre que ha reconocido así las bondades de la madre sin reconocer al hijo, el señor Ernesto Lucien no necesita trabajar en su despacho. Se acerca a los veinticuatro años y, aunque haya tenido muy pocos principios, siente la necesidad de aspirar a un fin. Es un mozo arreglado, muy elegante, y bastante agradable de aspecto; parece un joven diplomático, y, en efecto, es no sé qué cosa en el ministerio de Negocios extranjeros. Esto no le ocupa mucho tiempo. Apenas entrado en su despacho, comprueba que un servido de café de antiguo Rouen ha desaparecido. Se encoleriza y llama. Al cabo de algunos minutos aparece un ayuda de cámara, con tipo de viejo golfo, cano, delgado, calvo, con la nariz demasiado larga, con la boca desdentada y con pinta de borracho empedernido.