ERNESTO (en el colmo de la cólera).—¡Desdichado...! ¡Tú eres quien debió volver borracho esta mañana...!
CHUPIN.—¡Se necesita valor para decir tal cosa...! ¡Yo, que no bebo más que agua...! ¡Son calumnias que se propalan por ahí...!
ERNESTO.—¡Tú has roto mi antiguo Rouen...! ¡Borrachón! ¡Pellejo de vino! ¡Un servicio de café que había heredado de mi pobre padre...!
CHUPIN.—¡A mí también me heredaste de tu pobre padre...!
ERNESTO.—¡Un rico regalo que me hizo...! ¡Hala...! ¡Has colmado ya mi paciencia...! ¡Vete...!
CHUPIN.—¡Está bien...! ¡Volveré cuando estés de mejor humor...!
ERNESTO.—¡No...! ¡No volverás más...! ¡Te echo...!
CHUPIN (sonriendo).—¡Me parece que he oído mal...! ¿Me plantas en la calle...?
ERNESTO.—¡Sí...! Ve a recoger todo lo tuyo... Te ajustaré la cuenta en seguida y no te veré más.
CHUPIN (digno y vacilante).—¡Ernesto...! ¡Oye una cosa...!