ERNESTO.—¡No oigo nada...! ¡Déjame en paz...!
CHUPIN (furioso).—¡Está bien...! ¡Te pesará...! (Sale dando traspiés.)
ERNESTO (súbitamente tranquilo en cuanto se ve solo).—¡Uf...! Ya estoy libre de ese viejo borracho... ¡Mi hermano de leche...! ¡Y su madre me crió con biberón...! (Llaman a lo lejos.) ¡Ah! Es el señor Froment, mi profesor de bridge. (A la puerta.) ¡Entre, señor Froment...!
Aparece el señor Froment, un viejecillo seco como un esparto, con cabeza de gorrión disecado y con cabellos de un blanco amarillento sobre una calvicie excesiva. El profesor de bridge está afeitado; pero tiene chic natural, que revela al antiguo hombre de mundo caído en la miseria.
EL SEÑOR FROMENT (muy cortés).—¿Goza usted de buena salud, mi querido discípulo?
ERNESTO (yendo a buscar una mesita de juego y un necessaire de bridge).—¡Vamos marchando...! ¿Y usted, querido maestro?
EL SEÑOR FROMENT (sentándose).—¡Se lucha...! ¡Es tan dura la vida!
ERNESTO (colocándose al otro lado de la mesa).—Sin embargo, el oficio de usted es bastante agradable...
EL SEÑOR FROMENT.—¡Desde luego! Además, era el único para el cual podía servir yo... Y, después de todo, esto me recuerda el tiempo en que yo cartoneaba para satisfacción mía.
ERNESTO.—¿Ha sido usted jugador...?