EL SEÑOR FROMENT.—¡Ay, mi querido discípulo...! ¡Las mujeres ayudaron al azar...! Puedo decirlo con orgullo: jamás di un beso sin haberlo pagado antes. Sin embargo, el amor me resultó menos costoso que el juego. Un jugador no es sensual ni enamoradizo. Dejaría a la mujer más amada por una partida de baccarat. Conocí a las criaturas más hermosas de mi tiempo y no me dejaron ningún recuerdo tierno o cruel. Por el contrario, repaso todavía en mi debilitada memoria los gloriosos episodios de las partidas en que me arruiné, y encuentro en ello un deleite que no acertaría a expresarle... En mil novecientos uno, al principio del bridge, jugamos en el Jockey la célebre partida que hizo época: mil francos por punto. Tenía por compañeros al vizconde Goutte, al marqués Fridolin y a Toumeh-Bajá. Este heroico combate duró tres días con tres noches, durante los cuales nos sostuvimos con sandwiches y con champaña. Yo me hubiera sostenido cuatro días; el vizconde Goutte fué el primero en caer rendido por el sueño. El y yo perdíamos cerca de un millón. Creo que es la partida más fuerte que se ha jugado al bridge; todavía no teníamos la aucción ni el pirata. Comprenderá usted que yo había quemado mis naves; liquidé mi cuadra de carreras.
ERNESTO.—¡Ah! ¿Luego usted era propietario...?
EL SEÑOR FROMENT.—¡Sí! Y, cosa curiosa, ganaba en las carreras. Sin embargo, me empeñaba en forzar la suerte con los naipes... ¡Pretendía violentarla...! ¡Mal medio...! Caí, poco a poco, en el subsuelo de la necesidad, en lo más hondo de la pobreza. Había vendido granjas y castillos, villas, palacios, mis cuadros, mi despacho de grabados, mis Tanagras del siglo XVIII—la mejor época para las Tanagras falsas—y mis medallas; toda la paciente herencia de mis antepasados, que eran peritísimos y que tenían almas de chamarileros, desapareció en algunos meses. Encontréme en mitad del arroyo, sin un céntimo. Tenía cincuenta y cuatro años; solamente me quedaba ya por vender mi nombre.
ERNESTO.—¡Y usted era demasiado altivo para consentir semejante cosa...!
EL SEÑOR FROMENT.—¡No!... En el extremo en que me encontraba, ya no se tiene altivez. Lo que pasaba era que yo tenía una reputación de jugador empedernido. Las damas, que me hubieran comprado mi título en otras circunstancias, apartábanse horrorizadas del jugador perdidoso e impenitente que yo era. Ofrecíanseme pensiones vitalicias a condición de que, una vez efectuado el matrimonio, me fuera a enterrar en provincias. ¡Esto equivalía a morir sin gloria...! Perdí muy buenas ocasiones, y no lo deploro. No tengo nada; pero sigo siendo dueño de mí mismo. Y manejo los naipes como antaño; pero ganando con ello, en vez de perder. (Tornando a su lección.) Dispénseme, mi querido discípulo, esta digresión; olvídese de mi cháchara y trabajemos. Quedamos la última vez en el «sintriunfos». Es una declaración que se impone en dos casos: cuando se tiene mucho juego o cuando no se tiene ninguno.
ERNESTO (parándose).—¡No me entero ya del juego, señor duque...! Estoy pensando en otra cosa... Lo que usted me ha referido me ha causado una gran turbación...
EL SEÑOR FROMENT.—¡Sin embargo, caballero, mi biografía no puede ser más banal...!
ERNESTO.—Usted me ha hecho sus confidencias. ¡Váyase una cortesía por otra...! Yo también voy a franquearme con usted. Hoy no jugaremos más. Me dirijo al hombre de mundo.
EL SEÑOR FROMENT (recogiendo los naipes).—Le escucho.
ERNESTO.—Caballero: si yo quiero aprender el bridge no es por afición a los naipes. Los aborrezco. Pero he observado que un joven de mi edad, dotado de cierta ambición, debe saber el bridge, si quiere hacer buen papel en el mundo. Las gentes más dispares guardan tesoros de amabilidad para un buen «cuarto en el bridge». De esta manera conocí al señor Leplu-Raboin.