EL SEÑOR FROMENT.—¿Al gran almacenista de hierros?

ERNESTO.—¡Al mismo! Me lo encontré en Vichy. Nos hospedábamos en el mismo hotel. El estaba allí con su hija, la señorita Lysiane.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Una muchacha encantadora!

ERNESTO.—¡No! Es bonita y fea al mismo tiempo. ¡Eso es...! Me gusta por esto. El señor Leplu no me había prestado ninguna atención hasta la noche en que se encontró a dos amigos. Estos caballeros pensaron establecer un bridge diario. ¡Les hacía falta un cuarto compañero...! Entonces el señor Leplu se mostró muy amable y me dirigió la palabra; al cabo de cinco minutos ya éramos amigos; me preguntó: «¿Sabe usted jugar al bridge?» Contesté afirmativamente. Nos sentamos a la mesa. Cometí falta tras falta y perdí cinco luises. ¡Espérese...! Al día siguiente jugué también. Cometí falta tras falta; pero gané doscientos francos.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Dios protege la inocencia...!

ERNESTO.—¡Me da lo mismo! Yo había podido trabar conocimiento con la señorita Lysiane; durante el día permanecía al lado de la hija y pagaba este gusto acompañando al padre en el juego por la noche. Yo jugaba siempre muy mal; lo cual le disgustaba cuando era mi compañero y le colmaba de alegría cuando era mi adversario. A pesar de todo, sin duda mirando por la belleza del deporte, me dió la dirección de usted y me aconsejó que tomara lecciones.

EL SEÑOR FROMENT.—¡El señor Leplu ha sido discípulo mío...!

ERNESTO.—¡Se ve a cien leguas! Me ganó cinco mil francos durante el veraneo. Pero yo le había ganado la hija. En cuanto él estuvo aquí de vuelta, fuí a pedirle la mano de la señorita Lysiane.

EL SEÑOR FROMENT.—¿Y se la concedería...?

ERNESTO.—Al principio mostróse encantado: su hija lo había presentido; tengo una fortuna muy saneada; no soy tonto, ni muy villano; no tengo pasiones; no bebo, y he procurado cuidadosamente evitar los amoríos duraderos.