EL SEÑOR FROMENT.—¡Vaya! ¡El yerno soñado...! ¡Si yo tuviera una hija, se la concedería...!

ERNESTO.—¡Es usted muy amable!... Tocaba ya al logro de mis deseos, cuando el señor Leplu quiso enterarse de mi situación social. Yo tuve que confesarle que era hijo natural, no reconocido.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ah..., ah...!

ERNESTO.—¡Usted también dice «¡Ah..., ah...!» Lysiane estaba al corriente de este detalle y me había manifestado que carecía de importancia. Mi futuro suegro no tenía la manga tan ancha; cuando ayer tuve que confesarle la irregularidad de mi nacimiento, se contristó. «¡Qué gran contrariedad, amigo mío...! Nosotros pertenecemos a una familia burguesa último refugio de los más arcaicos principios. Aunque hubiera sido usted el hijo de un Durand o de un Dupont cualquiera, le habríamos aceptado. Pero no puedo dar mi hija única al hijo no reconocido de un desconocido. Lo lamento, porque me agradaba usted. ¡Caramba...! ¿No podría usted dar por ahí con un padre legítimo? No debe ser difícil de encontrar, si se busca bien.» En esto estaba esta mañana, planeando múltiples combinaciones, cuando vino usted y me refirió su historia.

EL SEÑOR FROMENT.—¡No veo la relación...!

ERNESTO.—¡Sí...! ¡Va usted a verla...! Usted, señor duque, no tiene un céntimo; usted vive vegetando. ¡Yo me brindo a salvarle, por lo menos provisionalmente...! ¡Su nombre es soberbio...! ¡Véndamelo...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡Usted tiene ganas de broma!

ERNESTO.—¿Por qué...? ¡Si yo no tengo padre, usted está sin hijo! No le propongo un negocio deshonroso; le pido solamente que me reconozca como hijo suyo. Y yo le ofrezco cien mil francos en dinero contante y sonante, además de una renta vitalicia de seis mil francos. ¡Piénselo...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡No! ¡No quiero pensarlo...!

ERNESTO.—¿No quiere usted...?