EL SEÑOR FROMENT.—Lo acepto. Entierro al pobre viejo Froment, que da lecciones de bridge para vivir, y torno a ser el hidalgo de siempre. (Se yergue y adquiere en seguida una dignidad inesperada.) ¿Qué debo hacer, querido hijo...?

ERNESTO.—Vuelva en seguida, a las dos... Iremos juntos a casa de mi notario para redactar nuestros acuerdos. Luego nos trasladaremos a la alcaldía del décimo distrito, donde me reconocerá usted. Por la noche, en fin, le presentaré a la familia de mi novia...

Mientras habla, Ernesto acompaña al señor Froment hasta la puerta, donde se despide de él. En este momento, Chupin irrumpe en el despacho, aun más borracho que antes.

ERNESTO (furioso).—¿Todavía estás aquí, borrachón...? ¿No te había plantado en la calle...?

CHUPIN.—¡Es posible! ¡Pero vuelvo...! Y, además, mira cómo me tratas... ¡Ya no soy tu ayuda de cámara...!

ERNESTO.—Entonces, ¿qué eres...?

CHUPIN.—¡Soy tu padre...!

ERNESTO (viendo las estrellas).—¿Qué...?

CHUPIN.—¡Sí...! Cuando me fuí de aquí, cogí a dos compañeros míos, el tabernero de la esquina y un chauffeur de taxi, y los tres nos hemos ido a reconocerte a la alcaldía del décimo distrito. ¡Aquí tienes la copia de tu partida de nacimiento...! ¡Está en regla...! ¡Ahora debes respetarme...!

ERNESTO (aplanado).—¡Canallas...!