VII
CURSO DE BELLEZA

La señora Lenclos posee un Instituto de Belleza en una tiendecita muy blanca situada en un entresuelo de la calle de Galileo. Un amplio escaparate y una puerta exigua. En el escaparate, unos bustos de damas, hechos en cera, ofrecen un espectáculo horripilante; porque las damas están divididas en dos partes; la parte de la derecha muestra la vejez con todo su horror: arrugas, bolsas bajo los párpados, pellejos flotantes en la barbilla, tendones en el cuello, amarillez de la epidermis, cabellos blancos y pelos en la nariz y en las orejas. ¡Es la mujer antes del tratamiento de la Lenclos...! La parte izquierda es fresca, juvenil y apetitosa... ¡Nada de bolsas, sino cabellos de un rubio veneciano...! ¡Labios arqueados...! ¡Mejillas carnosas...! Sin embargo, estas cabezas causan la impresión de pertenecer a las malas pagadoras, que no saldaron el precio convenido de antemano y a las que dejaron a la mitad de su rejuvenecimiento. La anaquelería se compone de una profusión de tarritos, de frasquitos, de útiles y objetos extraños, de caretas de caucho, de brochas, de instrumentos de masaje, de vibradores eléctricos, de espátulas, etc., etc. La tienda está dividida en seis departamentos. Una dama de aspecto muy juvenil está en el mostrador y comprueba las sumas de su libro Mayor.

Entra un joven de unos veintidós años, vestido con esa elegancia, un poco oropelesca, de los cómicos que hacen el papel de Perdican en el Conservatorio. Dirígese rectamente al mostrador. Es el señor Beauvallon, primer premio de Comedia.

BEAUVALLON.—¡Buenos días, La Choute!

LA CHOUTE (alzando los ojos).—¿Eres tú, Beauvallon...? ¿Qué te trae por aquí...?

BEAUVALLON (estrechándole la mano).—Te vi esta mañana en el «Metro», y me dije: «¡Atiza! ¿Qué busca La Choute por estos sitios?» Te seguí a lo lejos y te vi entrar en esta tienda. Como tenía prisa, no me acerqué a ti... Cumplí ya con mi obligación—unas lecciones en este barrio—, y al regreso he entrado para darte los buenos días.