LA CHOUTE.—Y los sigo poseyendo...
Ella le tiende la cabeza, coronada por una soberbia cabellera de un rubio ceniciento.
BEAUVALLON.—¿Y tus dientes...?
LA CHOUTE (sonriendo).—¡Completos...! ¡Puedes comprobarlo...!
BEAUVALLON.—¡Ah, picarona...! ¡Estás todavía más bonita que el invierno pasado...! ¡Y con tu físico, con tu inteligencia y con tu hermosura tuviste valor para abandonar el teatro...!
LA CHOUTE.—¡Sí...! ¡Lo tuve...! ¿Qué quieres...? ¡Comprendía claramente que en él no llegaría a ser nada...! No me gustaba el oficio, ni los compañeros; no se puede tomar mas que dos partidos: trabajar o prostituirse. A mí no me gusta trabajar y soy demasiado burguesa para dedicarme a cortesana. ¡Por eso me he lanzado al comercio...!
BEAUVALLON.—¡Y has entrado en casa de la Ninon de Lenclos...!
LA CHOUTE.—¡Mejor todavía...! ¡La señora de Lenclos soy yo...!
BEAUVALLON (estupefacto).—¡Qué! ¡Tú bromeas...!
LA CHOUTE.—¡Cuando yo te lo digo...! ¡Pero procura callártelo, porque me arruinarías...!