BEAUVALLON.—¡Vaya una historia...!
LA CHOUTE.—¡Es un cuento de hadas, amigo mío! Aquí, donde tú me ves, estoy en camino de hacer fortuna, por haberme encontrado hace seis meses a un viejo y canallesco nigromante, a un tipo astuto, a un hombre extraordinario... ¡al profesor Bálsamo...!
BEAUVALLON.—¡Calla...! ¡Yo conozco ese nombre...!
LA CHOUTE.—¡No es profesor, y su verdadero nombre es el de Bouzigue...! ¡No puedes imaginarte un viejo macaco semejante...! Si me dijeran que había estado preso, no me asombraría. ¡Ha hecho de todo...! Pues verás: volvía yo de Saint-Germain, adonde había ido para ver a mi tía Josette; subo a un coche del ferrocarril, donde se encontraba ya un señor anciano, bien portado, que tira su cigarro en cuanto me sintió. Esto me adula—¿lo comprendes?—y le digo: «¡Oh, caballero...! Puede usted fumar... ¡No me molesta...!» Iníciase la conversación. Al cabo de cinco minutos le había referido mi vida.
BEAUVALLON.—¡Es una justicia que hay que hacerte...! ¡Tú cuentas tu historia a todo el mundo...!
LA CHOUTE.—Escuchóme él con interés, y después me dijo: «¡Está usted perdiendo el tiempo, hija mía! Lo más que logrará usted será un primer accésit en el Conservatorio. ¿Y a qué le conducirá esto...? A representar el papel de Blanquita en provincias. Hará usted también el de Margarita de Borgoña en Provenza y el de Mireya en el Languedoc. Ganará usted veinte luises por mes y los favores soberanos de los consejeros municipales, propuestos en Bellas Artes. Yo no le pido que sea mi querida. Le ofrezco dos mil francos mensuales, y hacemos un contrato por cinco años. Trátase de un oficio fácil, honrado y horro de fatiga. Siete horas de presencia por día y mucha consideración. Usted se limitará a explotar la estupidez de las mujeres, hermanas suyas...» ¡Y me explicó su plan! ¡Era maravilloso...! Tratábase de fundar un Instituto de Belleza, una tienda, en la que se vendería un montón de productos a base de nada, destinados a revocar las juventudes aniquiladas. Acepté el trato; en ocho días, el viejo alquiló una tienda—ésta—, instaló el almacén y principió una propaganda de todos los diablos. Habrás visto en todos los periódicos unos carteles enormes anunciando que Ninon de Lenclos rejuvenecía a todas las viejas. Todo esto costó cerca de cien mil francos, hoy reembolsados ya. ¡Ay, mi pobre Beauvallon...! Nosotros, comiquillos, que nos pintamos por la noche para complacer al cochino público, no somos mas que unos niños comparados con las damas del gran mundo, que se rehacen una belleza y una juventud en beneficio de sus galanes. No tienes una idea del número de criaturas que pasan diariamente por aquí, y a las que vendo, por diez francos, unos tarros de pomada que a nosotros nos cuestan cincuenta céntimos, comprendido el envase. ¡El temor de envejecer...! ¡Esto es terrible para las mujeres que no saben hacerse viejas...! ¡Bah...! ¡No hay sacerdote que haya oído las confesiones que yo escucho a diario en uno de estos compartimientos! Todas lanzan este grito de angustia: «¡Prolóngueme..., devuélvame mi rostro de hace diez años...! ¡Ayúdeme a ser amada...! Mi corazón ha permanecido joven; pero mi cuerpo se aniquila. ¡Dicen que posee usted secretos maravillosos...! ¡Véndamelos...! ¡Pagaré todo lo que sea preciso...» Y yo vendo esperanzas e ilusiones en frascos, en cajitas y en barras. ¡Se lo llevan como pan bendito...!
BEAUVALLON.—¿Y obtienes buenos resultados...?
LA CHOUTE.—¡Desde luego...! Durante algunos días borro las arrugas, revoco las fachadas y fabrico juventudes. Después, la edad recobra sus derechos; la cliente vuelve. ¡Qué demonio! Yo no puedo luchar mucho contra el tiempo. Llega siempre un momento en que las viejas son viejas. Cuanto más se esfuerzan ellas por rejuvenecerse, más envejecen. ¡Si supieras, Beauvallon, las miserias de que soy confidente...! Hay mujeres cuyo cuerpo permanece joven y apetitoso, y de las que solamente se ve el rostro, que ya está feo. He aquí la injusticia de la suerte: el cuerpo y el semblante no se ponen de acuerdo para agostarse. El uno precede siempre al otro en la decrepitud. ¡Te aseguro que mi oficio no tiene nada de alegre...! Desde hace poco comprendo que en el mundo no hay mas que un solo bien: la juventud. ¡Tengo solamente veintitrés años, y ya me asusta el año próximo!
BEAUVALLON.—¡Qué ganas de bromear! ¡Con tu hermosura tan fresca...!
LA CHOUTE.—Tienes razón, y, sin embargo, es algo más fuerte que mi voluntad... Temo ser menos linda que ayer... ¡No amo a nadie...! ¡Hasta lamento haber amado a tontitos como tú...! ¡Era cansarse...! ¡Me mustiaba! ¡Ay! Ahora soy más prudente... Me administro y me cuido mejor... Cuando sea rica, dentro de diez o de quince años, me retiraré. Compraré un hermoso castillo en Turena y haré quitar de él todos los espejos.