BEAUVALLON (tierno).—De todas formas, tendrás los ojos de tu amante para mirarte en ellos.

LA CHOUTE.—¡Quita de ahí...! De hoy en adelante no tendré ya enamorado. Temeré deducir de su actitud los progresos de mi decadencia. El viejo hechicero ha envenenado mi dicha; sin embargo, me ha inspirado la desconfianza contra las drogas, los ungüentos, los perfumes y los polvos: contra todo lo que vendo a mis infortunadas clientes.

BEAUVALLON.—Sin embargo, en tu profesión debe de haber algunos minutos divertidos.

LA CHOUTE.—Son raros, ¿comprendes...? A cada consulta solicitada va unido un secreto doloroso, la confesión de una pasión. Por lo general, las mujeres no quieren ser bellas para ellas solas. Casi todas procuran embaucar a un amante más joven que ellas o a un viejo que no ama mas que a las jóvenes. ¡Si oyeras lo que se dice en estos compartimientos!

BEAUVALLON.—¡No deseo otra cosa...!

LA CHOUTE.—¡No puedo violar el secreto profesional...!

BEAUVALLON.—¿Ni siquiera para mí...?

LA CHOUTE.—Ni siquiera para ti. Y, además, ¿no tienes nada urgente que hacer...? ¡Te conozco...! ¡Deben esperarte...!

BEAUVALLON.—¡Que me esperen...! ¡Te lo ruego, La Choute...! ¡Permíteme asistir a una de tus consultas...!

LA CHOUTE (decidiéndose).—Te juro, guapo destrozador de corazones, que será una bonita lección de cosas, de la que saldrás disgustado. En fin, puesto que lo deseas, no puedo negártelo. En este preciso instante llega una cliente. ¡Escóndete en el compartimiento número uno, y, sobre todo, no te muevas...!