LA CHOUTE.—La mujer que no quiere envejecer, no envejece. Aquí donde usted me ve, tengo una hija de treinta y dos años y un hijo capitán. ¡Mire sus retratos...! (Abre un medallón.) Sin embargo, tengo un vientre aplastado y liso como el de una joven. ¡Si usted lo desea, se lo enseñaré...!

LA DAMA.—¡Es sorprendente...! Dadas estas condiciones, no vacilo en confiarme a los cuidados de una persona tan experta. ¿Y sus cabellos...? ¡Son soberbios...!

LA CHOUTE.—¡Gracias a un tratamiento especial! Estaba amenazada de calvicie completa; un médico—el nuestro—me ha reimplantado, uno a uno, veinticinco mil cabellos.

LA DAMA.—¿Y... los dientes...?

LA CHOUTE.—¡Ni uno es mío...! Es una maravilla de la prótesis. Haga el favor de pasar a este gabinete. Charlaremos. (Introduce a la dama en uno de los compartimientos y corre las cortinillas.) Ahora, ¿qué desea usted de mí...?

LA DAMA (quitándose el velo).—En primer lugar, he aquí mi rostro...

LA CHOUTE (admirativa).—¡Qué hermosa ha debido usted de ser, señora...!

LA DAMA (amargamente).—¡Sí! Fuí muy bella, y entonces me daba lo mismo. ¡No conocía mi riqueza...! Ser bella para su marido es como si una no lo fuera... Cierto que yo me enorgullecía con mi línea y con mi rostro; durante mucho tiempo gusté la envidia de las mujeres. Este placer harta pronto. Pasaron los años y me engañó mi marido. Esto me puso en guardia; pero, en fin de cuentas, no me importaba tres cominos. Hace algunos meses me aficioné de nuevo a la coquetería; amábame uno, y yo también le amaba. Entonces fué cuando descubrí la verdad: no era ya tan bella. Evidentemente, con los trampantojos ordinarios de la toaleta todavía causaba cierto efecto a la luz artificial. De regreso en mi casa, hallábame cara a cara con la verdad. Esto es, por otra parte, lo que me ha impedido hasta ahora engañar a mi marido, porque en amor hay que pagar al contado. ¿Qué pensaría el que me adora si me viera tal como soy...? ¡Huiría de mí, después de una hora de embriaguez, y no le vería más...! ¡Me causa horror pensarlo...! ¡Deme usted un año de juventud...! Mire... ¡Deme usted solamente seis meses...! ¡Tenga yo durante seis meses el rostro y el cuerpo que tuve antiguamente...! ¿Y después, Dios mío...? ¡Después... me resignaré...!

LA CHOUTE.—¡No, señora! No se resignará usted. ¡Y hará bien...! Yo no le concederé un año de juventud, sino diez... ¡Pero le advierto que esto resulta caro...!

LA DAMA.—¡No reparo en dinero!