LA CHOUTE.—Y sepa que ciertos métodos son bastante dolorosos...

LA DAMA.—¡Ah!

LA CHOUTE.—Mire... Para poner tersa la piel, tenemos el tratamiento del doctor Sabio. Consiste en una aplicación de líquido corrosivo, a base de iodo, que consume los tejidos superficiales hasta dejar al descubierto la primitiva piel. Son tres semanas de torturas; pero en seguida encuéntrase usted con una piel de jovencita.

LA DAMA.—¡Está bien! ¡Conformes...! ¿Y para el rostro...?

LA CHOUTE.—¡Déjeme que la mire...! ¡Ah, sí...! Tenemos tres tratamientos. Primeramente, el masaje; éste es bueno, pero no resulta eficaz mas que para un día. Al menor cansancio, las arrugas reaparecen al instante. Tenemos después la pasta de los Nabis; ésta se la aplica usted por la noche con la careta especial. Es una pasta a base de plantas astringentes, que estiran y ponen tersa la piel. Pero hay que aplicársela todos los días. Tenemos, por último, las inyecciones de parafina, que hinchan el rostro; es bastante doloroso: debe usted permanecer durante un mes en un lugar apartado, mientras es absorbida la parafina.

LA DAMA.—¡Pero lo que usted me propone son suplicios chinos...!

LA CHOUTE.—Para estar hermosa hay que sufrir. Además, todo lo que le ofrezco no tiene sino una eficacia pasajera. ¡Sólo hay un tratamiento duradero...! ¡Y éste es... el tratamiento quirúrgico...!

LA DAMA (espantada).—¿Qué...? ¿Quiere usted que recurra al cirujano...?

LA CHOUTE.—¡Es preciso...! Para las arrugas de la frente, el cirujano le hará a usted ahí, bajo los cabellos, a derecha e izquierda, dos incisiones, cortará dos pedazos de piel y coserá; para las arrugas del cuello, le hará otras incisiones detrás de las orejas.

LA DAMA (aterrorizada).—¡Calle..., calle...!