LA CHOUTE.—¿Quiere usted ser amada, señora...? ¡Entonces, sométase a lo inevitable...! ¡De lo contrario, déjese dominar por la vejez...!

LA DAMA.—¡No..., no...! ¡No me abandone usted, señora...! Lo que me inquieta no es solamente el rostro, sino el cuerpo. Quise adelgazar, y mi pecho, demasiado voluminoso, se convirtió...

El resto de la confesión se pierde en el oído complaciente de La Choute; la dama, orgullosa, se muestra desde los pies a la cabeza. No es solamente el pecho el que se le cae. Es el vientre en forma de persiana, son los muslos descarnados, las manos que se manchan de herrumbre y los pies que se deforman. La Choute toma notas, y, cuando ha concluído, manifiesta que todo esto puede repararse.

LA DAMA (despidiéndose, llena de esperanza).—Me enviará usted discretamente todos sus productos, ¿verdad...?

LA CHOUTE.—¡Descuide usted...! ¡Se los llevaré yo misma y le indicaré la manera de usarlos...! La acompañaré también a casa del doctor Bálsamo, nuestro cirujano. ¡Y no tema usted nada...! ¡Fuera de mí, nadie conocerá su secreto...!

La dama torna a ponerse su tupido velo, y se marcha.

LA CHOUTE (soltando a Beauvallon).—¿Qué, amigo mío...? ¿Oíste...?

BEAUVALLON (pálido).—¡Todo...! ¡Es horrible...!

LA CHOUTE (riendo).—¡Bah...! ¿Y a ti qué te importa...?

BEAUVALLON.—¡Desgraciada...! ¡El enamorado de esa dama, el enamorado para quien ella quiere rejuvenecer... soy yo...!