LA CHOUTE.—¡Imposible...!

BEAUVALLON.—¡Y yo estaba loco por esa mujer...! ¡Después de lo que sé, no la veré más...!

LA CHOUTE.—¡Quia, amigo mío...! ¡Déjate de historias...! ¡No vas a quitarme una cliente de treinta mil francos...!

VIII
CURSO DE COCINA

El joven Lionel Musot vive en un piso bajo del número 152 de la calle de Copenhague. Es uno de esos reducidos departamentos llamados «cuartos de soltero» porque en ellos no se recibe más que a muchachas. Este joven, descolorido, imberbe y peinado untuosamente, posee la gentileza usual en cualquier otro de su especie; es deplorablemente rubio y delgado; sus ojos, de un azul de porcelana, tienen una expresión desabrida, que equivale a falta de expresión. Muéstrase muy agitado; va desde la alcoba al salón, desde el salón a la cocina, donde todo está preparado para el te, y desde la cocina al recibimiento. Está soberbiamente vestido con un pijama de seda azul, que pondría en peligro las mejores digestiones. Habla consigo mismo, como suele hacerse en las obras del antiguo repertorio.

LIONEL (furioso, en la cocina).—¡El agua hierve...! ¿Haré el te...? Pero si lo hago antes de tiempo resultará muy fuerte y me veré precisado a bebérmelo, en el caso de que ella no viniera... ¡Aborrezco el te fuerte...! Me queda el recurso de no beberlo y de tirarlo sobre la piedra del fregadero. Sí; pero tendré que comerme las pastas. ¡O regalárselas a la portera, a la que odio...! (Dirigiéndose a un público imaginario.) ¡Señoras y caballeros...! Hace dos meses que dedico a una mujer casada de la alta sociedad, a la señora Line Bisou, un culto apasionado; supe ser tan tierno, tan respetuoso y, al mismo tiempo, tan atrevido, que esta Line cedió a mis súplicas, subrayadas con gestos decisivos. ¡Hace un mes que se me entregó en este pisito bajo...! Line no tuvo motivos para quedar descontenta del ensayo, porque me otorgó una cita en este modesto palacio para la semana siguiente. Line no acudió, señoras y caballeros; en honor suyo había perdido una clase de Trigonometría. (Cantando.) «¡No! ¡Esto no es un sacrificio...!», como dicen en el Alcestes, de Gluck. No es un sacrificio, porque sé que en el examen de fin de año me calabacearán y, por tanto, juzgo inútil estropearme las meninges estudiando Trigonometría, en la que no sobresaldré nunca. A la semana siguiente, Line me juró con todas las veras de su alma que sería puntual a la nueva cita. Perdí una clase más; compré pastas; hice un te mediano, ¡lo confieso!, y ella no vino... Tampoco vino a la otra semana. Estamos en el cuarto lunes, y ya verán ustedes cómo brillará siempre por su ausencia. Hace un momento llamaron a la puerta de entrada; corrí, con el corazón trémulo de alegría, y estuve a punto de abrazar al hombre que venía para ver el contador del gas... Dentro de una hora volverán a llamar y recibiré a un chico de telégrafos, que me entregará un despacho, siempre igual: «Imposible acudir tan pronto. Descorazonada. Ven a comer el jueves. Ternezas. Line.» (Campanillazo.) ¡Ah! Llaman a la verja del parque... Probablemente es el chico de telégrafos, que avisa desde fuera...