Se decide por fin a abrir; una dama, con un velo muy tupido, penetra vivamente en el recibimiento.
LINE (porque es ella).—¡Hay que ver, amor mío...! ¡Cuánto tardas en abrir...!
LIONEL (avergonzado).—¡Creí que era el chico de telégrafos...! (Estrechándola contra sus brazos.) ¡Ay, amada mía...! ¡Ay, amada mía...!
LINE.—¡Espera...! ¡En primer lugar, me ahogas...! ¡Y, además, me metes el velo en la boca...! ¡Deja que me quite el sombrero...!
LIONEL.—¡Alivia..., alivia...!
LINE.—¿Lo sabes...? No me quito mas que esto... ¡Tengo mucha prisa...! ¡No puedo dedicarte mas que media hora...!
LIONEL.—¡Eso se dice...!
LINE.—¿Cómo «eso se dice»...? No sueltes tonterías, querido mío. Tengo que estar de regreso en mi casa a las siete y media, y son las cinco. ¡Y debo pasar por casa de mi cuñada para preparar la coartada...!
LIONEL (furioso).—¡Quisiera que tu cuñada estuviera casada con un mono y maldigo su posteridad hasta la sexta generación!
LINE (que se ha quitado el sombrero y la capa).—Mi cuñada no tiene hijos. Dime... ¿Qué te parece mi vestido...?