VIII.
NOCHEBUENA EN LA VID
El día de Nochebuena Aviraneta y sus compañeros lo pasaron espléndidamente en el convento.
Se comió bien, se cenó bien, se bebió un vino ribereño excelente, y después de cenar y de cerrar las puertas con cuidado, se quedaron todos delante de la chimenea del archivo, al amor de la lumbre. Habían llevado los sillones más cómodos del convento y los tenían colocados alrededor de la chimenea, formando un semicírculo.
El Lobo y su gente amontonaron leña de roble y de encina, y en un rincón, grandes brazados de jara, de retama y de sarmientos.
Tenían allí provisiones de combustible para toda la velada.
Diamante, como oficial, pensaba no debía descender a ciertas cosas, y no se ocupaba de detalles vulgares.
Aquella noche hacía mucho viento. Sus ráfagas impetuosas parecían frotar con violencia las paredes del monasterio. El aire silbaba y entraba por la chimenea y hacía salir el humo como una gruesa nube redondeada, que rebasaba el borde de la campana y se metía en el cuarto.
Una constelación de pavesas flotaba en el aire, y unas caían a las piedras del hogar y otras subían rápidamente en el humo.
Se oía el murmullo del río, que parecía cantar una canción monótona; sonaba el tic-tac de un reloj de pared, y a intervalos, solemnemente, llegaban con estruendo las campanadas del reloj de la torre, que daba las horas, las medias horas y los cuartos.
Aviraneta, hundido en su sillón, miraba las vigas grandes, azules, del techo, que se curvaban en medio, y el escudo que adornaba la chimenea.