—¿Qué fué?

—Verán ustedes. Esto pasó hacia la Sierra de Albarracín. Fué un año de mucho frío. Habíamos salido de Priego, camino de la Muela de San Juan, persiguiendo a unos franceses; estábamos en una aldea cuando los franchutes se volvieron contra nosotros y nos obligaron a dispersarnos. No conocíamos aquel terreno; la noche estaba obscura y el suelo lleno de nieve. Después de desperdigarnos por el campo quisimos reunimos; pero fué imposible. Al revés, nos fraccionamos más; el uno decía por aquí; el otro, por allá. No quedamos mas que tres juntos.

Llevábamos más de una hora de marcha cuando salió la luna, y nos encontramos rodeados de franceses. Quisimos escapar, pero fué imposible. Nos cogieron a los tres y decidieron lo que iban a hacer con nosotros. Ya comprendíamos que se les ocurriría una judiada; pero, en fin, al principio, cuando supimos lo que habían pensado, no nos pareció tanta. Nos agarraron y nos ataron fuertemente a unos pinos. Después se fueron riéndose y diciendo de cuando en cuando: le lup, le lup. Los tres presos nos hablábamos de árbol a árbol para animarnos un poco, cuando vimos unos puntos brillantes entre las matas.

Eran los ojos de los lobos. Había una manada. Entonces comprendimos la crueldad que habían hecho los franceses con nosotros. Los lobos, al principio, se asustaron algo de nuestros gritos; pero luego se lanzaron a atacarnos y a mordernos. Yo me veía sofocado, desgarrado, cuando uno de mis compañeros apareció libre. Sin duda, los lobos habían mordido y roto una de las cuerdas que le sujetaban. El compañero se acercó a mí; yo llevaba un cuchillo en el bolsillo del pantalón, y se lo indiqué; él lo sacó y me cortó las cuerdas que me oprimían. El otro compañero estaba muerto; los lobos le habían estrangulado.

Aquellos furiosos animales nos habían dejado a los dos que estábamos vivos y se habían echado sobre el guerrillero muerto. Sentíamos crujir sus huesos. No quisimos escapar ni correr, creyéndolo más peligroso. Mi compañero había oído decir que encendiendo fuego no se acercaban los lobos, y con gran esfuerzo logró hacer arder unas matas. Yo corté una vara larga de un árbol y até en la punta, con un bramante, mi cuchillo.

Toda la noche estuvimos oyendo el crujir de los huesos del muerto y defendiéndonos cuando se nos acercaban los lobos. Al amanecer nuestra situación fué peor, porque la hoguera se consumió y no teníamos ramas para alimentarla. Entonces, mi compañero ató a una cuerda un tizón encendido y trazaba círculos en el aire; yo pinchaba, si podía, al lobo que se acercaba. Así estuvimos la noche entera, y así nos llegamos a salvar.

—Un Lobo contra otros lobos—dijo Aviraneta.

—Eso es.

—Fué una Nochebuena superior esa.

Estaban ya otra vez los hombres adormilados; se comenzaron a echar en sus camas de paja uno tras otro cuando se oyó un aldabonazo en la puerta.