El Lebrel, que estaba de guardia, se asomó a la ventana.
—¿Quién es?—preguntó.
—¿El señor don Eugenio de Aviraneta?
—Aquí es.
—Traigo una carta para él.
—¿De quién?
—Del señor González de Navas, juez de Arauzo.
—Ahora vamos.
Aviraneta, acompañado del Lebrel y de Jazmín y alumbrando el camino con una linterna, bajó al portal. Los demás se levantaron y tomaron sus fusiles.
Aviraneta abrió el postigo e hizo entrar al hombre que por él preguntaba. Luego cerró, dejó el farol en un poyo de piedra, tomó la carta y la leyó. Decía así: