Volvió Aviraneta con sus compañeros al archivo. Se habló del posible ataque de Merino, y el Lebrel, que era de Vadocondes, explicó cómo se había salvado un antiguo abad del convento de La Vid de un ataque de los ladrones, que querían robar la iglesia.

—Esto era en tiempo de la guerra de la Independencia—contó el Lebrel—, mejor dicho, unos meses después.

Estaba de abad un navarro que se llama don Pedro de Sanjuanena.

—Lo conocí—dijo Aviraneta.

—Pues estaba el abad solo, con un criado, cuando supo que una partida de ladrones rondaba el monasterio. No podía defenderse, y se le ocurrió esto: fué a la iglesia, descorrió la cortina del altar mayor, donde había un gran crucifijo; luego cogió todos los candeleros, con sus cirios y velas, los encendió y formó una calle que iba desde la puerta de la iglesia al altar mayor.

A media noche forzaron los ladrones la puerta de la iglesia, entraron, y al ver aquella carrera de luces, avanzaron por en medio hasta llegar al altar mayor.

A alguno de los ladrones le sobresaltó ver el Cristo iluminado, y se arrodilló, tembloroso, devotamente. Los demás hicieron lo mismo, y cuando estaban así, salió el abad y les echó una plática, con lo cual los ladrones se fueron arrepentidos y contritos.

El procedimiento de Sanjuanena no era fácil que causara mucha impresión al Cura Merino, que estaba acostumbrado a tratar con confianza a santos y a cirios y con quien había que usar argumentos más contundentes.

Se debatió entre los reunidos la verosimilitud de la historia del Lebrel, y se dispuso la mayoría a tenderse de nuevo.

Desde el momento que Aviraneta supo que Merino y los suyos vigilaban el monasterio, comenzó a no poder estar en paz y a fraguar mil planes. El Lebrel, Diamante y Jazmín, al verle dispuesto a no dormir, se levantaron de al lado del fuego.