Aviraneta quería saber si los espiaban de cerca, y para esto se le ocurrió una estratagema.

Había visto en una cámara próxima a la sacristía una serie de figuras y muñecos de altar rotos, estropeados. Acompañado de Jazmín y de Diamante, con un farol en la mano, salió del archivo, bajó a la biblioteca, fué al patio, entró en el cuarto de las imágenes y paseó la luz de su farolillo por las estatuas.

Aquel spolliarium era cómico de día y trágico de noche. Un santo con una túnica blanca parecía un fantasma; unos ojos de cristal brillaban con un fulgor misterioso, y algunas manos de madera se levantaban en el aire como pidiendo misericordia.

Había un San Martín con las piernas abiertas, en actitud de montar a caballo, y con un brazo de menos.

—Este muñeco nos va a servir—dijo don Eugenio.

—¿Para qué?—preguntaron Diamante y Jazmín.

—Ahora verán ustedes—replicó él.

Llevaron entre los tres el San Martín, cruzando el patio, hasta el zaguán, y allí lo dejaron en el suelo. En seguida desapareció Aviraneta y vino con un caballo viejo, ensillado.

—¿Qué quiere usted hacer?—le preguntaron.

—Vamos a montar a San Martín y a ver si lo podemos sujetar en la silla.