Subieron al muñeco de madera sobre el caballo, y Jazmín lo sujetó atándole cuerdas de esparto por todos lados. No era posible que el San Martín se sostuviera bien como un jinete; pero con poco tiempo que cabalgara le bastaba a don Eugenio.

Al tener al muñeco sujeto en el caballo, Aviraneta le plantó un sombrero en la cabeza y lo envolvió con una capa vieja.

—¡Lebrel! ¡Jazmín!—gritó luego.

—¿Qué manda usted?

—Aparejad los caballos y traedlos aquí.

Jazmín y Lebrel salieron, y, al poco rato, volvieron con cinco caballos al zaguán.

—Ahora—dijo Aviraneta a Diamante—, pónganse todos ustedes en las ventanas del archivo con el fusil preparado..., y atención. Si disparan a nuestro San Martín, que va a tomar el fresco..., fuego a los que disparen. Después, inmediatamente, todos aquí, al zaguán. Que suba el Lebrel con usted, y cuando estén ustedes preparados, que venga a avisarme.

Comprendió Diamante de lo que se trataba, y el Lebrel volvió al zaguán poco después, diciendo que todos estaban preparados. Aviraneta abrió la puerta, sacó el caballo fuera y dijo, como dirigiéndose a alguien:

—Adiós, don Eugenio; hasta la vuelta.

La noche se había tranquilizado; la luna brillaba en el cielo; el viento agitaba suavemente las copas de los árboles, y a lo lejos se oían ladridos de perros.