El caballo, con el bulto de madera en la silla, avanzó unos veinte metros, y de pronto se oyeron cinco tiros en el campo, seguidos de otros seis disparos hechos desde las ventanas del monasterio.

Inmediatamente bajaron todos los milicianos al zaguán, montaron a caballo y salieron al galope hacia el sitio de los disparos. Encontraron a un hombre herido, que intentaba escapar, y lo prendieron; después, dando una batida, registraron los alrededores sin encontrar a nadie, hasta toparse con ocho hombres de la Milicia Nacional de Vadocondes, dirigidos por Diego Campos, sargento retirado, que vivía en este pueblo y que había salido sabiendo que los realistas rondaban La Vid.

Al volver Aviraneta y los suyos, vieron cerca de la puerta del convento el caballo que había llevado al San Martín, que arrastraba el muñeco y que de cuando en cuando se detenía a comer hierba.

El herido declaró que él había ido con la Gaceta desde Aranda; que en Vadocondes se habían reunido con Merino y el Cura de Valdanzo y con otros dos que no conocía.

—A ese manflorita de la Gaceta—dijo el Lobo—, cuando le eche la mano encima, le voy a poner como nuevo.

A la mañana siguiente, Aviraneta, Jazmín, el Lebrel, Diamante y los cuatro milicianos volvían a Aranda con el hombre herido, que dejaron en el hospital, y dos días después marchaban a Arauzo de Miel, a comenzar un nuevo inventario. En Arauzo de Miel estuvieron bastante tiempo e hicieron mucho trabajo, gracias a los esfuerzos del juez, don Angel González de Navas.

La terquedad de Aviraneta produjo una enorme indignación en Aranda. Diamante y él recogieron el odio popular. Diamante se consideraba feliz al sentirse odiado por la canalla.

—No acabará bien ninguno de los dos—decía la Gaceta por todas partes.

Don Eugenio estaba convencido de que la suerte le mimaba, y el vaticinio de la Gaceta no le inquietaba gran cosa.