A ninguno de los dos le parecía bien las luchas que comenzaban a iniciarse entre los constitucionales del año 12 y los del 20. Esto, unido al predominio de las Sociedades patrióticas, que intentaban imponerse al Gobierno en Madrid, y a la anarquía mansa que corroía la Revolución española, daba una impresión poco tranquilizadora. El juez afirmaba que ya era tiempo de detenerse; Aviraneta creía que no: que era necesario avanzar más, proclamando la dictadura, para dar efectividad a la revolución, dominar al clero y a los absolutistas e imposibilitar proyectos reaccionarios, como los de El Escorial.

Desde hacía tiempo, doña Nona trataba con cierta sequedad a Aviraneta. Éste no se explicaba bien por qué; suponía si le habría ofendido.

Varias veces don Eugenio tomó la decisión de hacerle una pregunta, de insinuar una explicación; pero, al fin, no la hizo.

Era don Víctor, el cura, el que maniobraba contra él en la casa del juez. Don Víctor aconsejaba a doña Nona en su casa y en el confesonario, y de don Víctor partió la hostilidad contra Aviraneta.

Esta hostilidad la remachó doña Cleofé Navas, la beata, y luego, doña Nona arrastró a su marido y, en parte, a sus hijas.

De éstas, Rosalía estaba más bonita y más sonriente que nunca. Teresita, vivaracha y alegre. Aviraneta era muy amigo de ellas y las obsequiaba galantemente...

Al terminar el invierno se comenzó a hablar en Aranda de que el Cura Merino estaba de nuevo en armas en la Sierra y que organizaba sus fuerzas. Quién decía que tenía cien hombres; quién, que más de mil, y algunos aseguraban que diez mil.

La verdad era que por entonces podía disponer de unos mil quinientos hombres, y que toda la sierra de Burgos veía en él un redentor.

Al conocer estas noticias, Diamante habló a Aviraneta. Era necesario prepararse. Ellos, con su experiencia, podían prestar grandes servicios al país. Aviraneta contestó:

—Veremos a ver si nos llaman.