—¡Qué llamar! Hay que ir.

Unos días después Aviraneta recibió un oficio del jefe político de la provincia, don Joaquín Escario, en el cual le pedía le ayudase con su celo y conocimientos en las circunstancias apuradas en que se encontraba la comarca.

Acababa Aviraneta de leer este oficio cuando llegó un recado de doña Nona, diciéndole que hiciese el favor de pasarse por su casa.

—¿Qué querrá?—se preguntó Aviraneta.

Doña Nona estaba sola en la sala y preparada para decir algo grave a don Eugenio.

Doña Nona, de punta en blanco, con una voz muy insinuante, le dijo que su hija mayor tenía mucha simpatía por él; que estaba convencida de que era una persona honrada y buena; que haría un excelente padre de familia; pero que era indispensable, si quería seguir acudiendo a su casa, abandonase sus correrías y no tomara parte activa en la política.

—Pero, señora, ¿por qué?—preguntó Aviraneta.

—Porque nos está usted comprometiendo. La gente dice que mi marido será masón cuando es amigo de usted. El otro día nos tiraron piedras en el paseo. Hoy, en el sermón, ha dicho el padre Gabriel que no se deben tener relaciones de ninguna clase con los que no tienen religión.

—¿Y por eso me pone usted el puñal en el pecho?