—No; por eso, no; yo no le voy a obligar a creer en la religión. Pero, como le digo a usted, nos perjudica. Mi marido, como juez, no puede estar con los blancos ni con los negros. A usted, el pueblo no le puede ver ni en pintura. Le tienen a usted montado sobre las narices. Usted les vigila, les espía, les atropella, y sienten un gran odio por la Milicia Nacional y su compañía volante, y el día que puedan se vengarán de usted.

—¡Bah!

—Sí; porque, aunque ustedes no lo crean, la gente quiere a Merino y a los frailes, y les odia a ustedes, al Empecinado, a usted y a su amigo Diamante.

—No lo creo.

—Sí, sí, créalo usted; en Madrid tendrán ustedes partidarios; pero lo que es en los pueblos, ninguno.

—Pero, aunque así sea, ¿qué perjuicio les puedo causar a ustedes, doña Nona?

—Mucho. Hablemos claro. Yo sé que usted galantea a Rosalía y sé que es usted un caballero. Pues bien; yo, que siento un gran amor por mi hija, no quiero que tenga relaciones con un conspirador, con un hombre expuesto a ser preso o fusilado. Así es que usted renuncia a sus correrías y maquinaciones, y en ese caso puede usted seguir viniendo a mi casa y hablar con Rosalía, y cortejarla; o no renuncia usted, y en ese caso no aparezca usted por aquí.

—Señora, me mata usted.

—Ahora estamos a tiempo. Casar a mi hija con un hombre que hoy está expuesto a ser asesinado y mañana tiene que ir a la cárcel, no. Prefiero que se case con un peón del campo. O tranquilidad, y estarse quietecito en casa cuidando de la hacienda, o ruptura completa.

—Juzga usted las cosas de una manera...