Aviraneta se despidió de doña Nona, marchó a casa de su madre, cenó, se metió en su cuarto y se dedicó a hacer borradores de cartas explicando a Rosalía lo que había ocurrido en su conversación con doña Nona.
Aviraneta proponía a la muchacha, si le tenía afecto, que dejara a su familia y se casara con él.
Aviraneta fué a buscar a una vieja criada de doña Nona para que al día siguiente le diera la carta a Rosalía.
Por la mañana recibió la respuesta. Rosalía le decía que antes que nada era cristiana, y que estaba dispuesta, para en adelante, a no tener relaciones de amistad mas que con personas que fueran religiosas y tuvieran el santo temor de Dios.
Aviraneta, al leer la carta, la estrujó entre sus manos con furia. Allá andaba la mano de don Víctor, el cura, y de doña Cleofé, la beata.
Aviraneta, furioso, se marchó al Ayuntamiento a trabajar.
Poco después fueron a buscarle Diamante y el Lobo.
Les dijo que había recibido el oficio de Escario, pero que creía que no debían precipitarse a acudir a luchar contra Merino, pues les iba a pasar como la vez anterior, que no les hicieron caso, ni siquiera les dieron las gracias.
—Está usted en un error, Aviraneta—dijo Diamante hablando con serenidad—; usted y yo y todos nosotros nos encontramos ya tan unidos al estado actual de cosas que es imposible que nos separemos, a no hacer traición. ¿Es que cree usted que si la Constitución termina nos van a dejar vivir aquí tranquilos? ¡Ca! Saben quiénes somos, nos conocen muy bien, y si triunfan seremos nosotros los que tengamos que echarnos al campo o escapar. Así que aquí no hay más solución: libertad o muerte.