—Eso es: libertad o muerte—exclamó el Lobo con furia.
—Ahora mismo debemos marcharnos—indicó Diamante.
—Sí, ahora mismo—replicó el Lobo.
—Bueno. Si les parece a ustedes está bien. Ahora mismo—añadió Aviraneta—; preparad los caballos, yo voy a redactar unas cartas.
Aviraneta escribió rápidamente a la mujer del juez un billete buscando el modo de aplacarla en estos términos:
«Mi estimada señora y amiga: He estado pensando con angustia en el dilema que me ha planteado usted. Así expuesto no tiene solución. ¿Cómo voy a abandonar en la obra a mis amigos, con los cuales estoy ligado por una serie de lazos de colaboración, de responsabilidad y hasta de complicidad? No me puedo decidir por el reposo que usted exige de mí. Si las circunstancias cambiaran y llegaran para los liberales tiempos adversos, y en este momento viera a un camarada en peligro a quien quizá yo había impulsado a la lucha, ¿le iba a volver la espalda para que su desgracia no turbara mi tranquilidad? ¿Le iba a dejar sin socorro para no comprometerme? No, imposible. Sería para mí el mayor bochorno. Familia, mujer amante, no bastarían para endulzar mi amargura y borrar mi vergüenza.
»A pesar de que como usted pone el dilema no tiene solución, si Rosalía no me olvida, yo encontraré una.
»Es de usted atento s. s., q. b. s. p.—E. de Aviraneta.»
Después escribió una esquela a Rosalía.
Cerradas y lacradas las cartas, Aviraneta se las entregó al Lebrel; luego marchó a avisar a su madre que se ausentaba por unos días, y al bajar hacia su casa se encontró con Diamante, el Lobo y los dos criados, que venían con los caballos de las riendas.