En las dos semanas que operaron no tuvieron ningún éxito; por el contrario, varias veces se hallaron a punto de caer en trampas preparadas por Merino. Unicamente en Arauzo de Miel llegaron a tiempo para sorprender y poner en fuga a una parte de la gente del Cura.

La primera fuerza que entró en Arauzo fué la partida volante de Aviraneta. Los facciosos acababan de saquear la casa del juez don Angel González de Navas. Todos los expedientes del Crédito Público de venta de bienes nacionales se habían quemado en la plaza por los absolutistas, con gran entusiasmo del pueblo.

Aviraneta pudo ver páginas escritas con su letra entre los montones de papel quemado. Casi toda su labor de burócrata acababa en aquel momento de ser pasto de las llamas.

Salieron de Arauzo los constitucionales en persecución de la partida del Cura; pero no dieron con ella.

Unos días después se ordenó a Aviraneta y a sus amigos que fueran a Lerma y se presentaran al Empecinado.

El Empecinado acogió a Aviraneta con grandes extremos: le abrazó, le dió golpecitos en la espalda, le hizo dar dos o tres vueltas sobre sí mismo, mirándole como a un objeto curioso. El viejo guerrillero le tenía cariño.

Don Juan Martín Díez, el Empecinado, caballero de la militar Orden Nacional de San Fernando y mariscal de campo de los Ejércitos nacionales, parecía en la época constitucional tan abandonado de indumentaria, tan campesino, tan sencillote como en tiempo de la guerra de la Independencia.

Sin embargo, el que le hubiera conocido a fondo, hubiese comprendido que la identidad era superficial y que el guerrillero no sólo no era el mismo, sino que había cambiado por completo.

Los seis años pasados en la soledad, en su finca de Castrillo de Duero, enseñaron mucho al Empecinado.