Don Juan Martín había leído y pensado sobre las cosas y había perdido la fe. Ya no rezaba el rosario, por las noches, ni frecuentaba apenas la iglesia.
El pueblo, que lo sabía, iba trocando el amor que le profesaba por el desvío.
El Empecinado, en éste tiempo, era un anarquista de la época: odiaba a los curas y a los ricos.
Vivía con una mujer, con quien no estaba casado, y sentía un gran desprecio por todas las jerarquías.
Abrazado a la causa constitucional por entusiasmo y por agradecimiento, trabajaba por ella como si fuera cosa propia, de vida o muerte. Estuvo de gobernador militar de Zamora, y en este tiempo descubrió y deshizo todas las conspiraciones de los absolutistas. No dormía ni descansaba un momento vigilando. El Gobierno, quizá por influencia de los realistas, lo trasladó a Valladolid, y nombró comandante general de Castilla la Vieja al conde de Montijo, y segundo cabo, al Empecinado.
Era una de estas disposiciones clásicas españolas la de poner a las órdenes de un botarate miserable, como Montijo, adulador del rey, delator de los liberales en 1814, a un hombre valiente y heroico como el Empecinado.
Al poco tiempo, don Juan Martín se encontró destituído, y supo que el Gobierno había nombrado segundo cabo de Castilla la Vieja al general Santocildes.
Éste llegó a Valladolid, y sin avisar ni presentarse al Empecinado intentó posesionarse del mando.
Santocildes tenía antecedentes realistas; había contribuído a derrocar la Constitución en 1814, en La Coruña, y firmado la sentencia de muerte de Lacy en el Consejo de guerra de Barcelona.
Sin embargo, el Gobierno liberal le prefería al Empecinado. El uno era militar de carrera; el otro, guerrillero.