Don Juan Martín se mantuvo en Valladolid algún tiempo, hasta que le ordenaron que tomase el mando de las tropas que debían luchar con Merino, y se presentó en Lerma.

Dos oficiales de graduación acompañaban al Empecinado: Escario y Salvador Manzanares.

Escario era buen muchacho. Salvador Manzanares, como Torrijos, Van-Halen y algunos otros militares jóvenes, representaba el tipo alegre de dandy de la Revolución española.

Salvador Manzanares era un oficial de artillería, hijo de un médico muy nombrado en la Rioja, don Francisco de Sales Manzanares.

Salvador, educado por su padre en las doctrinas del liberalismo, había conspirado en tiempo de Renovales. Fué de los que entraron con Mina en Santisteban a proclamar la Constitución en 1820, y de los expulsados de Madrid en compañía de Riego, en septiembre del mismo año. Manzanares era entonces teniente coronel, después llegó a ser general y ministro de la Gobernación. Cuando la entrada de los franceses con Angulema, Manzanares se escapó a Gibraltar.

Desde entonces estuvo en la emigración, hasta que en febrero de 1831 se acercó a Gibraltar con Minuisir, Díaz Morales y Epifanio Mancha, y desembarcó con un puñado de hombres en la sierra de Ronda, esperando el levantamiento de Cádiz.

El movimiento abortó; Salvador, reducido a veinte hombres, en una situación angustiosa, se dirigió a dos cabreros, dándoles una carta para Marbella. Los cabreros le hicieron traición y le entregaron a la policía. Al ver a los dos hombres, en quienes se había confiado, seguidos de las tropas, Salvador, furioso, sacó el sable y de un tajo cortó la cabeza a uno de los cabreros; así siguió atacando con rabia hasta que le dispararon un tiro y lo dejaron muerto.

La hermana de Salvador, Casimira Manzanares, mujer muy inteligente y muy hermosa, fué perseguida en Logroño por el trapense, el padre fray Antonio Marañón, que había sido nombrado comandante general de la Rioja.

El trapense no se contentó con robar la casa que tenían los Manzanares en San Millán de la Cogolla, sino que al encontrar a Casimira en la iglesia de Logroño intentó violarla. Casimira pudo salvarse gracias a la protección de una señora y a la de la querida del fraile, la por entonces célebre amazona apostólica Josefina Comerford. Un general del ejército de Angulema denunció las tropelías del padre Marañón, y el Gobierno le ordenó que se retirara de nuevo a la Trapa, lo que hizo, llevándose varias acémilas cargadas con el botín obtenido en sus robos.