Respecto a Merino, él lo conocía, sabía cómo pensaba, comprendía su táctica. Merino y sus lugartenientes paseaban por los pueblos con partidas pequeñas de ochenta o noventa hombres. Se decía que era la misma partida; pero Aviraneta estaba seguro de que eran varias y de que el Cura, en caso de necesidad, disponía de más de mil, quizá de más de dos mil hombres.
Para Aviraneta, el único plan era salir a operar con dos columnas grandes, dar en los pueblos la impresión de que había fuerza y no fraccionarlas.
El Empecinado escuchó con atención las opiniones de Aviraneta. Sabía las marrullerías del Cura y no quería que se burlara de él.
En Burgos había una asociación misteriosa, instrumento del Palacio de Madrid. De aquí salía la ayuda a los facciosos.
A Lerma llegaban también las ramificaciones de aquella asociación; pero los hilos que unían a los conspiradores eran invisibles.
Una noche apareció en la Plaza Mayor un gran pasquín hecho a mano, que decía lo siguiente:
«Al pueblo.
»Los días del infame Gobierno Revolucionario están contados. Nuestro invicto Merino avanza victorioso. La sangre de los impíos correrá a torrentes. ¡Muera la infernal Constitución! ¡Muera la Nación! ¡Viva el Rey!»
Aviraneta se propuso averiguar de dónde había salido este papel y formó una lista de desafectos al régimen constitucional. Después convenció al Empecinado para que mandara hacer registros domiciliarios en todas las casas de vecinos sospechosos.
Aviraneta, como director político de las fuerzas del Empecinado, comenzó a asistir a los registros, con el doble objeto de que se hicieran bien y no se atropellara a personas inocentes.